El Secreto del Abuelo: ¡ACTITUD POSITIVA!

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Durante muchos años, Gail Evans, la entonces vicepresidenta ejecutiva de CNN, volaba por todo el mundo con regularidad. En una ocasión en que viajó a Malta para asistir a la cumbre Bush/ Gorbachev, el avión aterrizo durante un huracán.abueloepisodio1

El encuentro tuvo lugar en un barco en el mar; llovía a cantaros, la temperatura era cada vez más baja y todo el mundo estaba empapado. Cuando Gail volvió su habitación del hotel, estaba destemplada y se encontraba fatal. No obstante, se dijo a sí misma “Quedan cinco días para que termine la cumbre. No vas a caer enferma”.

Y no lo hizo. De hecho, a sus sesenta y ocho años, Gail no recuerda haber faltado ni un solo día al colegio o al trabajo. Es posible, dice, que haya estado enferma algunas veces a lo largo de los años, pero no presto atención. “es una cuestión de actitud. Tengo plena confianza en que no voy a enfermar, pero si en algún momento me encuentro mal, sé que me recuperaré en seguida. Muchas personas, cuando les moquea la nariz o tosen, creen que están enfermas. Yo no. Toso un poco, estornudo un poco, pero nada de eso me detiene”

Gail, que ya no trabaja para la CNN pero sigue viviendo en Atlanta, llama a su filosofía de salud medica “descuido Benevolo”. Pero “no soy idiota-dice-. Si me encontrara un bulto en el cuerpo iría al médico. Si me rompiera una pierna, iría al traumatólogo. Pero muchas personas llevan todo lo que concierne a su salud demasiado lejos. En cuanto algo va mal, corren a la consulta del médico y, dada la naturaleza litigante de nuestra sociedad, los médicos se sienten más inclinados a pecar por exceso de atención a sus pacientes que por defecto. De modo que ven que algo va mal y declaran que el paciente está enfermo”.

Gail cree que el cuerpo se autorregula y que, aunque se tengan altibajos, lo más seguro es que uno esté bien si piensa que lo está. En Gail, dicha actitud empezó a gestarse durante la década de 1960, cuando su familia y ella vivían en Moscú. Su hijo Jason tenía dos meses cuando llegaron. Pronto se quedó embarazada de su siguiente hijo, Jeffrey. Por aquel entonces, sólo había allí un médico estadounidense que anteriormente había trabajado en un portaviones y no sabía nada de salud relativa a las mujeres, y mucho menos de obstetricia. Los médicos rusos, dice Gail, no eran muy serviciales. Así que cuando una de las mujeres estadounidenses caía enferma, las otras arrimaban el hombro y ayudaban. Leían todos los libros a su alcance y comprendieron que la mayoría de la gente podía sobrevivir de aquella manera a menos que se tratara de un verdadero problema médico.

No es que no me importe la salud. Si oigo algún consejo inteligente, presto atención. Si entro en una sala donde todo el mundo tose y carraspea, procuro vigilar donde me siento y con quien hablo. Aun así, estoy convencida de que puedo decirle a mi cuerpo: tú no te estas poniendo enfermo.”

Gail se hace revisiones de manera regular. En una ocasión su médico le dijo que, si tuviera que depender de pacientes como ella, se arruinaría.

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